Otra vez, tras una sequía, la misma cantinela. Otra vez, con apariencia de mensaje buen rollista y diciéndonos que miran por el interés general, han resucitado la conveniencia de un supuesto pacto nacional del agua… total pa’ná.

Volvemos a escuchar los mismos mantras simplones a la vez que fantásticos y fantasiosos. “Agua para todos”, invocan aquellos que quieren fundamentalmente el agua de otros. “Hay que llevar el agua de donde sobra a donde falta”, sentencian muchos; pero sin aclarar donde está la que sobra, como almacenarla, ni para qué o para quiénes hace falta en otros destinos, ni tampoco cuánto es el coste económico, social y medioambiental de llevarla.

Siendo como soy agricultor, no dudo de las sanas intenciones de muchos ciudadanos -entre ellos decenas de miles de agricultores como yo- que lo único que desean es contar con agua para sacar adelante su trabajo y sostener el bienestar de sus familias. Sin embargo, la necesidad, a veces la urgencia, de beber o regar, son el escudo mediático bajo el que se ocultan importantes intereses bastante menos nobles. Intereses especulativos que no buscan el beneficio colectivo, sino el lucro particular.

Detrás de muchas de las demandas de agua, azuzadas por los políticos, están el ansia de ganar elecciones, la codicia de trapichear y, en no pocos casos, la poderosa “Cofradía del Hormigón” cuya voracidad es omnipresente allí donde sea que se cuajen las decisiones políticas de este país. Lo mismo que construyó los almacenes de gas del proyecto Castor, para cerrarlos a continuación pagando miles de millones de indemnización; lo mismo que levantó 100 millones de euros en una imaginaria Ciudad de la Justicia de Madrid; lo mismo que asfaltó miles de kilómetros de peajes ruinosos que hemos tenido que rescatar; lo mismo que edificó miles de viviendas de protección oficial que han acabado en manos de fondos buitre u hospitales pagados con dinero público y privatizados a precio de chollo. Lo mismo…. lo mismo quiere meter la “Cofradía del Hormigón” su capirote en las infraestructuras hidráulicas.

Y esa es una de las razones para que se exhume el Pacto del Agua (con sus 133.000 folios y sus más de 10.000 actuaciones, dice la Sra. Ministra) y apostar por una macro-obra de conducción para llevar agua desde el Ebro al sur del Levante, o del Duero al Tajo o del Ródano hasta donde sea menester Y al que se oponga se le coloca el sambenito de insolidario si es castellano-manchego o aragonés y de antiespañol si es catalán. Además, igual también pueden llevarse a la hormigonera unas cuantas desaladoras de esas que salen por un pico y que luego no funcionan o van al ralentí, pero que siempre dan margen para hacer ingeniería financiera creativa… eso sí, a ser posible sin que los escándalos levanten polvo ¿verdad?, que las escombreras, mejor tapadas.

Que los agricultores y ganaderos queremos agua está claro. Que lo que nos dan es demagogia y mentiras, también; porque eso es gratis, pero el agua, la van a convertir en un mercado y, como además es escasa, la van a poner cara. Los políticos, a cada uno los que nos han tocado, nos ponen en una mano el banderín y en la otra el megáfono y nos mandan a pedir agua. Agua que luego irá a los hoteles de lujo con lagos artificiales y campos de golf que se montan en puros secarrales que alguien (preferiblemente un amigo) compró por cuatro duros en el oportuno momento, qué casualidad. Y nosotros, ingenuos, pensando que con lo que nos da la agricultura, vamos a poder competir con ellos en un mercado especulativo para poder ampliar dos fanegas de alcachofas.

Nos enfrentan a unos agricultores con otros, a los ciudadanos de unas regiones con los de otras y a todos con los ecologistas, con el sólo objetivo de vencer elecciones ganándose al poderoso y vendiéndonos a los demás, aquí, exactamente lo contrario de lo que el mismo partido dice allí.

Algunos dirán que precisamente por todas estas cosas hace falta un Pacto Nacional del Agua. Y yo lo digo también; pero lo que nos están ofreciendo no es eso, es pirotecnia política. Los que hoy gobernando no cumplen con la Directiva del Agua, ni con la planificación hidrológica, ni con los objetivos de depuración, ni con el control de los vertidos o de las extracciones ilegales (salvo cuando interesa); le ponen sobre la mesa a los que no cumplieron antes -y con la íntima esperanza de que no acepten) 133.000 folios de “aguaparatodos” si se puede, moviéndola sin incomodar a nadie (o por lo menos a los suyos) y con el dinero justo para ir pasando hasta que se desempolven las siguientes urnas.

La experiencia me hace descreído, muy a mi pesar. En Unión de Uniones hemos visto cuánto se ha reducido en los últimos años el dinero que el Ministerio dedica a las inversiones en política de agua y como se ejecuta cada ejercicio la mitad de lo presupuestado. Estamos deseando convertirnos a la fe verdadera del Gran Pacto Nacional del Agua, pero necesitamos algún milagro que vaya más allá de que la Ministra vuelva a aparecérsele a sus devotos en las escaleras de Atocha… ese ya lo hizo con el Acuerdo Lácteo y los ganaderos siguen arruinándose y desapareciendo. Total, PA’NÁ.

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