Otro año más, hemos pasado la etapa del envero,  los racimos maduran esperando la tijera que les quitará la vida, pero es solo una transición,  las uvas mueren hechas  mosto  para después resucitar en vino. Una resurrección que en muchos casos es gloriosa,  llena de colores,  aromas y sabores que nos hablan de tierras,  de procedencias, de variedades, de recuerdos.

La vendimia  que es una tarea  dura,  es también  gratificante, supone para nosotros los agricultores la recogida del fruto por el que hemos luchado, la recompensa espiritual de nuestro esfuerzo. Cogemos racimos que,  con nuestro trabajo, han superado las heladas de primavera,   evitando las enfermedades  o las sequías del verano,  la vendimia es el recorrido final  del fruto,  hasta que llega  sano a su destino, la bodega.

Pero, tras esta  visión más bucólica o poética, que tiende a generalizarse, a veces se olvida,  que  los viticultores  no practicamos un divertido hobby, es nuestra profesión por lo que,  cuando hacemos nuestro trabajo, pretendemos vivir de él, y en el caso de los  productores de uva y  vino esto es cada vez más difícil.

En las series televisivas norteamericanas y últimamente también  en las españolas, nos presentan el mundo de las personas vinculadas a  los viñedos y a las bodegas, como un mundo de elitismo, de opulencia y de  poder, sin embargo la realidad nacional está bien lejos de eso.

Al margen de 20 o 30 familias que puedan estar dentro de esos perfiles,  lo cierto es que en España hay decenas de miles  de viticultores que si viviéramos de un sueldo  no llegaríamos nunca  a final de mes,  nosotros no llegamos a final de año, es decir que casi no podemos vivir de nuestro trabajo.

 

Miles de viticultores malviven con estos precios

Repartidos por casi todo el territorio nacional  y sólo con algunas excepciones los agricultores que vivimos sólo de las viñas,  malvivimos. Llevamos varios años vendiendo por debajo de los costes de producción y eso no puede soportarse  por mucho más tiempo. Algunas grandes bodegas (me refiero a grandes por los volúmenes que manejan) han aprovechado estos años de abundancia en la calidad y variedad de producto y se han dedicado a exportar haciéndose un hueco en los mercados internacionales,  la base del negocio es bien sencilla,  mal pagar en España y vender barato en el extranjero manejando grandes volúmenes y gráneles. A ellos las cuentas les salen, porque, a los precios actuales, no hay nadie que produzca en el mundo más barato, que nosotros con nuestras  calidades.

Tras el desmantelamiento de una  buena parte de “los soportes” que la política agraria común tenía en este área, el sector productor ha acentuado  una constante “huida hacia delante”, comprensible en lo individual, pero suicida en lo colectivo, con el pensamiento de que produciendo más kilos, nos irá a cada uno mejor en nuestra casa. Lo que es un gran error.

 Este error se está pagando caro por  los productores,  de  Valencia, Castilla-La Mancha, Extremadura y  Cataluña, entre otros, pero  “la ola” de  precios ruinosos avanza como un tsunami o una fatídica  caída de fichas de  dominó, hacia  Rioja, y otras denominaciones de origen.  Nadie  está completamente  a salvo.

Hay que replantearse el futuro de este sector entre nosotros los productores, con nuestras cooperativas y con la parte del sector industrial que apueste por un futuro honorable para los vinos españoles, con aquellos que quieran plantearse  algo más que  ganar dinero vendiendo  barato, sobre la ruina de otros, que quieran establecer en su estrategia comercial el largo plazo y no solo  la visión cortoplacista del “coge el dinero y corre”.

 Estaría bien que descubriéramos algunos políticos bien intencionados en las zonas productoras, a los que les preocupe la gente trabajadora y sencilla y se planteen en este sector hacer gestiones para su mejora, un horizonte más amplio que cenar con el industrial bodeguero más potente de la zona para “bailarle el agua,” reírle las gracias o procurarle alguna subvención.

En el ámbito del Ministerio y de  sus altos cargos se echa en falta una mayor  preocupación por los productores, sus rentas y su incierto destino. Ya hasta dudamos de si en el Ministerio algunos no están  trabajando más,  para colocarse bien.

 

 En cualquier caso esta situación  debe cambiar, nosotros tenemos ideas, estamos dispuestos a compartirlas y a escuchar las de los demás si sus ideas sirven para mejorar la situación de los viticultores porque así, está claro que  no vamos a ninguna parte.

Jose Manuel de las Heras, coordinador estatal de la Unión de Uniones de Agricultores y Ganaderos

 

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